domingo, 11 de julio de 2010

Este es un escrito que publicó el periódico El Siglo de Torreón en el año 2006 por el cual el Maestro Francisco Amparán ganó el Premio Estatal de Periodismo de Coahuila en su modalidad columna. Lo seguimos recordando Maestro Amparán

'Que veinte años no es nada...' ¡sí, tú!
Por: FRANCISCO AMPARÁN

LOS DÍAS, LOS HOMBRES, LAS IDEAS

Uno se da cuenta que se está haciendo viejo cuando empiezan a ocurrir algunas de las siguientes cosas (o todas):
A) El frasco de shampoo dura más de un año.

B) Descubre que el CD de música más nuevo que tiene es de 1987.

C) Tiene que explicarle a un montón de incrédulos espinillentos que durante su infancia, adolescencia y primera adultez no existía el Internet. Ni la PC. Ni el DVD. Ni el CD. Ni el iPod. Ni...olvídenlo.

D) Estaba familiarizado con lo que había hecho "Garganta Profunda" antes que se conociera su identidad... y no ha visto la película porno homónima porque entonces (1974) era imposible y ahora, no podría interesarle menos.

E) A propósito: cuando uno prefiere ver un documental del Discovery Channel sobre leoncitos cazando antilopitos, a la película "Emmanuelle y el erotismo intergaláctico" es que está en el otro canal.

F) Recibe invitaciones para reuniones de ex alumnos de una generación de hace veinte años.

En fin, es la Ley de la vida y más vale que uno la sortee con donaire y dignidad, sin botox, implantes capilares ni (¡lagarto, lagarto!) de cualquier otro tipo. Además, existen sus recompensas (como suele ocurrir con el inciso f).

Hace una semana, la Generación 1979-85 de la Escuela Preparatoria "Carlos Pereyra" festejó el veinte aniversario de haber terminado sus estudios en tan querida y longeva institución. Para que vean que sí les dimos buena crianza, se dignaron invitar a algunos de quienes fuimos sus profesores en aquellas remotas épocas. Quizá a los únicos que sobrevivimos, no sé. Pero la experiencia fue bastante fructífera, dado que uno nunca termina de admirarse y sorprenderse del espíritu y la complejidad humanos.

En ese tipo de reuniones ocurre un fenómeno muy extraño (pero que he visto repetido montones de veces). Todo el mundo adopta el papel que desempeñaba dentro del grupo cuando salió de la escuela, aunque hayan pasado décadas. El que era el bufón del grupo vuelve a serlo, aunque ahora sea Alto Dirigente Empresarial, pilar de la sociedad y miembro de quién sabe cuántos patronatos. El tímido vuelve a desempeñar su rol, pese a llevar tres divorcios y seis críos no reconocidos en su haber. La chica "náis" vuelve a fruncir la nariz, en perpetua pose de Nicole Kidman, aunque todo mundo sepa lo mucho que ha trotado el ídem. El deportista hace lo posible por sumir la panza. El inoportuno de siempre cuenta el mismo chiste que hace dos décadas ya era insoportable. En fin, que cada quien asume la identidad que tenía entonces dentro del grupo. Quizá sea un fenómeno de mimesis o camuflaje; tal vez sea un gen que tenemos por ahí que nos facilita adaptarnos al pasado. Pero creo que cualquier lector que pase por un evento de éstos podrá probar mi aseveración.

Por supuesto, da mucha alegría volver a toparse con gente que se estimó sinceramente durante los tres años de la preparatoria y que desaparecieron de nuestra vida décadas (¡décadas!) atrás. Hay otros de los que uno no se acuerda ni exprimiendo el cerebro como presupuesto de pre-pre-campaña. A veces con razón: en esa generación ya empezaba a presentarse el fenómeno de gigantismo y masificación que tanto ha cambiado el ambiente escolar en los últimos tiempos. En un grupo de más de ciento cincuenta (calculamos, porque tampoco estábamos seguros) que egresaron, docenas de los circunstantes jamás pasaron por mis manos. De la que se perdieron... o salvaron.

Aunque no me lo crean, todavía hay gente que guarda rencores telúricos por una nota injusta (según ellos). Como hay quienes recuerdan alguna lectura, algún examen, como si hubiera sido ayer... y nada más. Lo selectivo de la memoria queda demostrado en esas reuniones mejor que en cualquier experimento realizado en Princeton.

Motivo profundo de regocijo es constatar que hay gente más cacheteada por la vida, o de perdido, con calvicie más pronunciada.

Asimismo, da una íntima satisfacción comprobar que mientras uno se ha mantenido en su peso desde entonces, otros han acumulado toneladas (o así parece). En otro tipo de reuniones, en que uno es compañero y no maestro, también resulta digno de celebración ver que cierta fémina que entonces se hizo la interesante ahora lo es, en el sentido arqueológico del término. Como también sorprende y da envidia la existencia de gente (sobre todo mujeres) que parecen meterse en formol todas las noches. En un alto porcentaje de las veces, el típico "¡Qué bruta! ¡Pero si estás igualita!" resulta no ser una cortés hipocresía, sino un desconcertante reconocimiento de la realidad (en lo de "igualita"; lo de "bruta", vaya uno a saber). Quizá ésta sea de las primeras generaciones que se tomó en serio lo del ejercicio, la alimentación sana y las quinientas abdominales diarias post-parto. Y ahí están las consecuencias.

A propósito: la mitad de la concurrencia no me reconoció. Claro que andaba medio de incógnito, para ver qué ocurría. La verdad, no sé qué conclusiones extraer del asunto. Evidentemente, no estoy "igualito". Tal vez me confundieron con alguien que suponían difunto hace rato y ello los desconcertó. O me añejé mejor de lo que nadie esperaba. También quién me manda andar experimentando sin saber qué rayos quiero probar.

Otro detalle usual en ese tipo de acontecimientos es ver lo mucho que se equivocan los tests vocacionales y el simple sentido común referido a los (entonces) adolescentes. Algunos que parecían destinados a ser ingenieros de la NASA terminaron en puestos mucho menos elevados, si se me permite el mal chiste. No pocos vagos sin oficio ni beneficio resultaron amasando fortunas (y bien habidas, además) o de perdido no acabaron en la cárcel, destino usualmente pronosticado en aquellos días. Claro que también algunos cumplieron un destino más claramente escrito que si lo hubieran faxeado desde Delfos. Pero la lección es muy simple: precisamente, que nadie sabe cómo ha de evolucionar un ser humano. El que era a los dieciocho años puede ser completamente distinto del que es a los treinta y ocho. Lecciones desprejuiciadoras de éstas necesitamos de vez en cuando, sobre todo cuando estamos a punto de desesperar. Y siendo maestro de preparatoria, créanme, hay muchas oportunidades de desesperar.

¿Qué nos impulsa a realizar este tipo de eventos? ¿Qué caso tiene reunir a gente muy distinta a como era cuando convivíamos a diario con ella? No creo que sea una pregunta ociosa.

Primero que nada, existe la celebración del estar vivos. A los dieciocho, veinte años, nos creemos inmortales, el futuro está abierto a todo lo que da, nos queremos comer el mundo. Veinte años después la perspectiva ha cambiado, la vida ya nos ha dado unas buenas patadas, y entendemos que hay una comprensible felicidad en el mero hecho de poder reunirnos. El puro asombro de ver que seguimos aquí, lo que muchas generaciones en otras partes del mundo (Rwanda, Bosnia, Somalia, la prepa de Columbine) no pueden hacer.

También está el simple goce de las amistades y relaciones retomadas, revividas. En la entrañable película "Quédate conmigo" (Stand by me, 1986), el personaje adulto interpretado por Richard Dreyfus se pregunta: "¿Por qué nunca volvemos a tener amigos como los que tuvimos a los trece años?" Bueno, porque ya no tenemos trece años. Ni veinte. Pero este tipo de reuniones nos recuerdan que los tuvimos... y que algo podemos extraer todavía del mero hecho de haber sido cuates.

Y por último, está el recordatorio de que, pese a todo, cambiamos, evolucionamos, nos transformamos. Quizá no como queríamos entonces. Tal vez sin cumplir sueños y metas de hace dos décadas. Pero algo hemos hecho de nuestras vidas que podemos compartir con los demás. Simplemente por eso, vale la pena reunirse después de veinte años. Ah, y por el Johnnie Walker (Etiqueta Negra, plis).

PD: Yo también tuve buena crianza: Dulce, Güicho y todos: gracias por una magnífica tarde.

Consejo no pedido para marchitarse grácilmente. Vean, por supuesto, "Quédate conmigo", basada en una soberbia noveleta de Stephen King. Lean "¿Qué fue de la Generación de 1965?" de David Wallechinsky y Michael Medved, que le sigue la huella a un grupo que fuera puesto de ejemplo por la revista Time hace cuarenta años. Y escuchen "Money for nothin'" de Dire Straits, nomás por pura nostalgia. Provecho.
Fuente "El Siglo de Torreón"








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